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Los ciclistas en Madrid

La bicicleta se está imponiendo en las calles de Madrid. Eso está bien. Menos contaminación, menos tráfico, menos ruido… 

¿Pero está Madrid preparada para las bicicletas? Cualquiera que haya pasado un par de días en la ciudad se habrá dado cuenta que la respuesta es un no rotundo.

Madrid será famosa por muchas cosas, pero las tres que más impactan son el ruido, la suciedad y sus precios. El tráfico se lleva la palma.

El concepto de bicicleta está bien, no me quejo de eso, pero ¿alguien se ha parado a regular la circulación de las bicicletas por la ciudad? Por la acera no pueden ir pero en la calzada no respetan las obligaciones como vehículo. Si quieren los derechos de circular por la calzada como vehículo deberán respetar pasos de cebra, semáforos, ceda el paso y stops. Hace menos de una semana un ciclista pasó a un metro de mis narices mientras cruzaba un paso de peatones. Ilusa de mí que pensé que iría a parar.
Cuando soy peatón no quiero ciclistas en mi acera y cuando soy vehículo tampoco los quiero en mi calzada. Quiero una regulación y un espacio para ellos. Para que no se atropelle a peatones ni ningún coche o moto se lleve a un ciclista.

Y aún sabiendo el riesgo que conlleva que un ciclista circule por Madrid, se los ve sin casco, con auriculares en los oídos, sin la iluminación e indumentaria adecuada. Circular por Madrid en bicicleta es un suicidio en toda regla y un peligro para los peatones también. No para los vehículos, claro; porque en caso de choque, ya sabemos quién sale perdiendo.

Yo, como conductora de ciclomotor, debo llevar casco y seguro. Mi ciclomotor no está considerado vehículo a motor(ver primeras cuatro líneas). Pero debo contratar y pagar un seguro por si hago daño a alguien. ¿Cuántos ciclistas pagarán un seguro? Porque cuando se trata de rascarse el bolsillo…

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Lo que odio de los bares

  • Las servilletas, que como tengas las manos un poco grasientas, por ejemplo, de haberte comido una gamba, se desintegran nada más tocar superficie humana.
  • Los que echan serrín para tapar la mierda en vez de pasar una fregona/escoba.
  • Los que tienen los palillos a la intemperie, ahí, a pelo y al alcance de toda roña volante o dedo aburrido. Que eso luego va a la boca, por favor…
  • Los bares donde no te ponen tapas decentes (los cacahuetes rancios se los metes por el culo a la orangutana de tu parienta, cabrón).
  • Los bares sin jabón en el lavabo, papel para manos o corriente en el secamanos, papel higiénico ni parte inferior de la taza del váter. Si así está el váter, cómo estará la cocina. En esta línea entran los que ni tienen pestillo y tienes que sujetar la puerta mientras miccionas. Por no hablar de los que tienes que pedir la llave. Una llave minúscula atada a un trozo de madera que pone: “señoras”.
  • Camareros que te llaman jefe/jefa.
  • Las sillas que chirrían. No cuesta nada levantarla, en serio.
  • Camareros que comistrajean mientras sirven mesas o lo que es peor, llevan un palillo entre los labios.
  • Encontrarme ceniceros sucios, con huesos de aceituna, chicles, colillas…
  • Sentarte a la barra en un taburete, tocar sin querer por debajo de la barra y sorpresa, ya tienes más aperitivos debajo de la barra que en el plato de la tapa.
  • Los que tienen un jamón colgado del techo. Así es como deben curarse bien, con el humillo del tabaco.
  • Los que tienen letreritos del tipo: “Aquí no se fía” o “los enemigos del hombre son tres: suegra, cuñada y mujer”.
  • Los que tienen flores de plástico para decorar. Sí, como las que llevan a los cementerios. Por no hablar de la decoración tipo calendario del Interviú o el espumillón alrededor de la tele de plasma en navidad.
  • Los que nada más servirte te traen la cuenta.
  • Los que tienen en el menú cosas que no sirven. También los que tienen el menú corregido con tachones y tippex.
  • Las vitrinas de aperitivos con manjares apetitosos, tipo croquetas, tortilla… pero a ti te siguen trayendo los cacahuetes rancios. ¿Serán de plástico las croquetas y por eso no las sirven?
  • Que nada más sentarte aparezca el camarero con una bayeta mohosa limpiándote la mesa y te diga: ¿Qué va a ser… jefe?
  • Que pidas CocaCola y no te digan que no tienen, y que te sirvan Pepsi.
  • Los que tienen temática taurina, tipo cabezas de toros disecadas.
  • Que tengan la música o la tele a toda hostia y no sepas si has entrado en “Bar Manolo” o en la discoteca “Kapital”.
  • Vasos rayados, platos desportillados, mesas o sillas pegajosas, cuadros con un dedo de polvo. Cuanta menos decoración tenga, mejor: menos mierda se acumula.
  • Camareros guarros, sudados o apestando a sobaca. No se piden sex symbols, pero sí mínimo de higiene.https://i2.wp.com/farm4.static.flickr.com/3558/3562355418_758c393ec7.jpg

¿Cómo sabes si estás viendo una película española? 20 pistas que resolverán tus dudas

1.       Una película sin efectos especiales, ni grandes escenarios, ni un vestuario digno de mención.

2.       Una película que trata de aparentar realismo y rigor, pero lo único que consigue es sustituir al valium.

3.       Una película con escenas de batallas en plan muy cutre, con tomas desenfocadas, al relentí y sonido como en off, como si en lugar de estar en medio de una batalla estuvieras en un concierto de Las Grecas.

4.       Una película policíaca con armamento comprado en el chino de la esquina.

5.       Una película donde los actores en lugar de interpretar, sobreactúan.

6.       Una película tan dramática que hasta da risa.

7.       Una película en la que los actores hablan con tal falta de naturalidad que sería preferible que fueran doblados.

8.       Una película que toca un tema cañí como si tuviera mucho glamour, como si una tonadillera, un torero o una monja fueran personajes retro que en el fondo son el el-no-va-más.

9.       Una película con trasfondo histórico que se remonta a la guerra civil o, en el peor de los casos, a la guerra de Cuba.

10.   Una película sobre Don Quijote, el Lazarillo de Tormes o sobre el Siglo de Oro donde se creen que por hablar en castellano antiguo ya es la hostia.

11.   Una película de época encajada en un contexto histórico que además sirve de coartada para explicar la coyuntura social y política del momento.

12.   Una película de quinquis que roban un SIMCA 1000 y hacen atracos violentos, cosa que también sirve de excusa para explicar la problemática social del quinqui y de su barrio.

13.   Una película de cualquier tema inimaginable donde se enseñan las tetas o el vello púbico sin que venga a cuento.

14.   Una película donde la falta de figurantes o extras se sustituye enfocando de cerca al mismo grupo en todas las toma.

15.   Una película ambientada en entornos rurales semi-desérticos donde aparte de padecer una miseria endémica violan a una cabra.

16.   Una película con escenas en lugares muy sombríos o en la oscuridad más absoluta donde resulta imposible saber si están matando a alguien o si están echando un kiki.

17.   Una comedia donde se pretende imitar el american-way-of-life y se acaba imitando el colombian-way-of-trash.

18.   Una película con un guión delirante como, por ejemplo, las masturbaciones mentales de un perturbado en el terrao de su casa.

19.   Una película con trasfondo social sobre grupos de niños gamberros que ponen piedras en la vía del tren como síntoma de su rebeldía en ciernes.

20.   Una película de marujas, travestís y mujeres desquiciadas adornada con piel de leopardo a destajo que lejos de resultar graciosa puede acabar siendo grotesca.

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Curiosidades sobre el juego del escondite

Como todos sabemos el escondite es un juego donde los participantes deben esconderse en los alrededores detrás de objetos, coches, etc… y deben ser encontrados por un “buscador” o varios “buscadores”. Hay famosos jugadores del escondite como Osama bin Laden, Carmen Sandiego o también Wally.

Estas son las particularidades generales del escondite, pero ahora vamos con las diferencias y variaciones de este juego. Hay una variante llamada “el juego de la sardina”, donde una persona se esconde y el resto de los jugadores se esconde con él. La última persona que quede y que no haya sido capaz de encontrarlos a todos, es el que pierde.

Otra se llama “el asesino sangriento”, con las mismas reglas que los de la sardina, pero en este caso cuando la única persona que se esconde es encontrada, el que buscaba grita “asesino sangriento” (bloody murder en inglés) y todos los demás jugadores corren hacia el campo base. La última persona que llegue es el perdedor y es el siguiente en “ligarla”.

Otra variante se llama “Yaki 123”. Se establece un campo base o una “casa” que el que la liga tiene que guardar pero también buscar a los demás. Los que se esconden tienen que llegar a la casa, tanto si los ven como si no, y llegar corriendo antes que llegue el que la liga y gritar “Yaki 123”. Los que se escondieron y ganaron tienen que estar cerca de la casa hasta el final del juego, pero también pueden ayudar a
los otros distrayendo.

En España uno la liga y debe encontrar a los que se esconden, y basta con verlos y gritar su nombre, entonces el que se esconde debe salir y dejar de jugar y esperar hasta que finalice el juego. Los que se esconden deben alcanzar la “casa” que se establece previamente, y gritar “por mi”, quedando liberado. Si es el último que queda puede gritar “por mi, por mis compañeros y por mi el primero”. Salvando así a los demás jugadores y obligando al que la ligaba en este turno, a hacerlo de nuevo.

El rey del canon frito

Operación Triunfo es un reality show que, sin llegar a las cotas de excelencia intelectual de Gran Hermano, funciona correctamente como entretenimiento para chachas, solteronas y adolescentes con furia hormonal.

El año pasado estaba cambiando las ruedas al buga en un taller cercano a un famoso centro comercial y me sorprendió ver una riada de chicas jovencísimas, todas histéricas y con nombres de chico escritos en la frente, los brazos y la zona suprapectoral. Sucedía que dos o tres participantes de la última edición de OT iban a firmar autógrafos a las puertas del susodicho, y aunque el evento estaba programado para cuatro horas más tarde, la cola de treceañeras daba dos vueltas a la manzana. Muchas de ellas iban acompañadas de sus madres y novietes, que tampoco querían perderse el acontecimiento. Así mismo, de vez en cuando se veía un grupo de parguelitas con los nervios a flor de piel depilada camino de esa cita con sus ídolos.

Hasta ahí, nada que decir. Me parece razonable que las televisiones utilicen la mitomanía adolescente para ganar dinero, pero ¿era necesario meter en esto a Ramoncín?

José Ramón Martínez Márquez es un personaje proscrito entre la juventud que consume música, cine, libros e información a través de internet, y así se lo ha hecho saber en cada ocasión en que se ha atrevido a asomar
su jeta por cualquier festival al uso. El otrora rey del pollo frito, hoy convertido en una especie de vizconde del canon rebozado, es tal vez el personaje más despreciado entre los jóvenes internautas, así que no acabo de entender que la cadena que emite ese programa se haya atrevido a contar con semejante profesional para aliñar la sesión semanal del reality. Si es por la oratoria, hay periodistas musicales en paro bastante menos analfabetos; y si el motivo de su contratación es animar el debate con comentarios agresivos, ya tienen a Risto Mejode cumpliendo a diario su función de insultador pendenciero con rigor estajanovista.

Es cierto que ni las chenifers ni yoshuas, aproximadamente la tercera parte de la audiencia total, saben quién es Ramoncín, y además no les importa, pero existe el peligro de que algún día llegue a sus oídos que el sujeto firmó un manifiesto contra Operación Triunfo, y además probablemente desprecia la música excelsa de grupos como Camela por el hecho de que venden cien veces más discos que los amigos de Teddy, y encima sin trincar una sola subvención.

La presencia de Ramoncín en un producto con esa audiencia tan delimitada no se justifica, salvo que haga el correspondiente acto de contrición por sus excesos dialécticos de tiempos pasados. Risto Mejide, al que el vallecano no deja de hacer la pelota en sus comentarios (“Como ha dicho muy bien Risto”, “Risto dijo hace un momento”, y así hasta el rubor), podría ser el encargado de representar sacerdotalmente la ceremonia del perdón, asperjando abundantemente whisky bendito sobre su melena; siempre que, repito, previamente Ramoncín abjure de su pasado y muestre un arrepentimiento sincero.

José Ramón Martínez Márquez, en efecto, firmó en 2002 un manifiesto (a un progre le das un manifiesto a la firma y lo celebra más que si le regalaras un pito o un trozo grande de tiza) donde se decía que OT era un karaoke para imitadores, se comparaba a los concursantes con un equipo de fútbol de barrio (en contraposición a la Champions League, que es donde presumiblemente juega él en términos musicales) y se acusaba a la televisión de pervertir los valores artísticos y acabar con la música de calidad (la suya, debe de ser, que ya no escucha nadie). Y de paso denunciaba a ciertos “artistas de prestigio” que se apuntaban a “dar credibilidad a una propuesta degradante por arañar, respectivamente, un dinero facilón y unos minutos de prime time”. ¿Acaso no está él ahora precisamente colaborando con el espacio que tanto denigró? ¿Es que va allí sin cobrar un euro? ¿O es que no se considera a sí mismo un “artista de prestigio”, y por tanto no entraen ese selecto club de traidores?

Sería interesante que Ramoncín aclarara estos términos, a poder ser ante Risto, en plan interrogatorio. Con que en la próxima entrega de Operación Triunfo sucediera algo así nos daríamos por satisfechos.

Autor: Pablo Molina
Extraído de Libertad Digital

La era digital

Desde que la era digital nos ha invadido, todo se ha ido volviendo más virtual, más etéreo, más “fantasma”…

¿Cuándo fue la última vez que fuisteis a casa de un amigo a ver fotos de sus vacaciones? ¿O el vídeo de su fin de semana en Cuenca?

Yo no lo recuerdo. Sí recuerdo cuando volvíamos de vacaciones, y al cabo de unas semanas te llamaban:
Oye, vente a tomar un café que te voy a enseñar el vídeo de cuando fuimos a Matalascañas.

 

O en el viaje de novios.

Que he estado en Punta Cana.

Ah, qué bien. ¿Tienes fotos?

Sí, en el ordenador.

Ah, pues muy bien.

 

¿Entendéis lo que os digo? Ver las fotos o el vídeo de la comunión de la prima Sheila es un coñazo. Me refiero a pasar el tiempo con los amigos. Ahí tus coleguillas súper emocionados: Mira, mira, ahí es cuando la tía Eusebia se tropieza y se le ven las bragas.
Y claro, como ahora todas las cámaras llevan pantallita, pues en cuanto se echa la foto, todo el mundo a correr a ver cómo ha salido:

 

No, no, repetimos que he salido con un ojo a lo Paris Hilton.

 

Antes era: foto y te jodes.
Si sales con un ojo a Valladolid y otro a Murcia, es lo que hay. Esas eran las auténticas fotos.

 

Desde aquí proclamo: Volvamos a las fotos de antes. A las cámaras de fotos Kodak desechables, a cortar cabezas y pinreles, vivan los ojos rojos, vivan las últimas fotos del carrete de 24 que usamos para sacar una foto al perro, vivan las fotos de carnet con cara de etarra, vivan los ojos a lo Paris Hilton.