Lo que falla en el Islam

Lo primero que falla en el Islam es la relación entre razón y fe. Mahoma fundó una religión simple, más práctica que dogmática, en la que el creyente debía someterse a la voluntad de un dios allende la razón.
En Damasco y en Bagdad, el Islam conoció el pensamiento helénico y la patrística cristiana. Los filósofos mutazilíes (ver punto 5.3) exploraron el uso de la filosofía griega para profundizar en el Islam, pero la reacción aserí y el prestigio de Algazel acabaron con los intentos de conciliar fe y razón. La confusa idea de Averroes de que la fe podía sostener algo contrario a la razón empeoró las cosas. Alá reafirmó su voluntad arbitraria e irracional, palideció el principio de causalidad, la verdad racional quedó debilitada y el libre albedrío, menospreciado. El Islam renunció a entender para creer y limitó su raciocinio a emitir jurisprudencia sobre la ley coránica. Es una dramática escisión entre fe y razón.

El segundo problema del Islam es la relación entre religión y política. El mahometismo no es sólo una religión, sino un sistema político total que regula la vida espiritual y social. La teología o kalam es allí una extensión de la política, porque Dios es el César, y el reino de Alá es de este mundo. La confusión de sacerdocio e imperio empieza con el propio Mahoma, que fue a la vez profeta y legislador, predicador y rey, califa y sultán. Por consiguiente, la sharia o ley islámica, el conjunto de normas derivadas del Corán y las tradiciones de Mahoma, funciona como derecho común en los países musulmanes. A un sistema político que se confunde con lo religioso le es esencial el dualismo, la distinción entre fieles e infieles, entre musulmán y kafir.

La sharia consagra esta duplicidad, que oprime a los no musulmanes y hace de la apostasía un delito mayor que el asesinato. En definitiva, el Islam se asienta sobre la separación de lo unido y la confusión de lo distinto. La separación en lugar de la distinción lleva a la confusión, y la confusión en lugar de la distinción conduce a la separación.

Cuando el Islam separa la fe de la razón, acaba confundiendo la omnipotencia divina con la irracionalidad; cuando confunde la religión con la política, acaba separando al infiel de la comunidad social.

En el Islam, la razón se encoge y deja de ser el representante de Dios en el hombre; la política se agiganta y pasa a ser el reino de Dios entre los hombres. Estos dos desequilibrios culturales desatan, justifican y eternizan la violencia que periódicamente rebrota en el Islam, y que describía con tristeza un cristiano de Basora:

No puedes cambiar el Islam. Un día te llaman “hermano” y al otro te matan.

Si el Islam ha de ser una fuerza positiva para la humanidad, es necesario que consiga una relación saludable entre fe y razón, entre religión y política. Ahora bien, la pregunta es si el Islam puede lograrlo sin dejar de ser el Islam.

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